¿Sabes una cosa? No soy uno de esos chicos que se sonrojan cuando tú les diriges la palabra, inocente pero contenta de atraer. Ellos tienen miedo de equivocarse tocándote o hablando, y a ti te divierte. Ni siquiera estás segura de si eres niña o mujer, si eres femenina o basta, si infantil o madura...; lo único que sabes es que gustas.
He de reconocer que al principio me caías mal. Es más, me parecías hasta prepotente y con algo de afán de protagonismo; ver a algunos observarte furtivamente y oír a otras hablar de ti con envidia disfrazada entre risas burlonas me convenció para averiguar cuál era tu secreto. Y una noche ciega de otoño tú me atrapaste.
A veces, melancólico, me pregunto si llegará el día en que se desvanezca tu magia, pero, como digo, tan sólo es fruto de la melancolía. La cuestión es que ahora estoy atrapado contigo, y sin embargo sin ti. Eres única no sólo en tus penas y alegrías, sino también en lo que das y en lo que me pides que te dé.
No soy como ellos, claro que no. Tú me prefieres a mí: soy el único al que quieres tocar, acariciar, besar, y todas esas cosas mucho más profundas; soy el único al que permites hacerte el amor, en su sentido más puro.
Yo no soy uno de ellos.

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